Los bosques del desierto

En 1996 la Universidad de Almería publicaba Historia y Medio Ambiente en el territorio almeriense, obra en la que se incluía un curioso trabajo titulado Los bosques ignorados de la Almería árida. Se trataba de una novedosa interpretación de algunos de los paisajes típicos del sureste español, tarea en la que se habían embarcado los hermanos Juan y Jesús García Latorre, historiador e ingeniero forestal respectivamente.

Agua Amarga cuenta con un monumento romano vivo, un olivo de 2.000 años

Acudiendo a yacimientos arqueológicos, archivos históricos, índices toponímicos y a la propia observación del medio natural, estos dos especialistas rescataron del olvido la densa vegetación, y la variada fauna, que un día, no muy lejano, pobló algunas de las comarcas que ahora aparecen dominadas por el desierto.

A lo largo de una década los hermanos García Latorre han ido recopilando nuevas evidencias que acaban de reunirse en una publicación, Almería: hecha a mano, en la que se analizan las transformaciones ambientales que ha experimentado esta zona de la Península desde la prehistoria hasta la edad contemporánea.

“Hemos podido comprobar con nuevos datos”, explica Juan García Latorre, “que efectivamente este desierto contó con una sorprendente cubierta forestal y una fauna extraordinaria hasta épocas históricas recientes”. El bosque mediterráneo en Almería, asegura, “era bastante más rico y complejo de lo que suponen botánicos y ecólogos cuando parten del estudio de la vegetación actual”.

Guiándose por documentos históricos, viejos mapas y topónimos que han sobrevivido al paso de los siglos, ambos investigadores han podido, incluso, localizar los restos de estos primitivos bosques. Oasis forestales “absolutamente desconocidos y, por tanto, desprovistos de cualquier protección”. Un buen ejemplo de este patrimonio oculto es el pinar del Barranco del Negro, en el corazón del Cabo de Gata, donde los árboles, adultos y jóvenes con una buena tasa de regeneración, sobreviven con tan sólo 170 mm de precipitación media anual. A este inesperado inventario se suman alcornocales en la desnuda sierra de los Filabres, a casi 1.000 metros de altitud, o centenarios quejigales en la sierra de Cabrera, en un enclave semiárido.

Precisamente en Cabo de Gata, un desierto volcánico con los índices de precipitación más bajos de Europa, los hermanos García Latorre han descubierto “enormes árboles milenarios, probablemente de más de 1.500 años de antigüedad en algunos casos, que se encuentran no sólo entre los más viejos de la Península Ibérica sino también de todo el Mediterráneo”. En Agua Amarga, por ejemplo, se ha localizado un soberbio olivo o acebuche injertado cuya edad se ha estimado entre 1.500 y 2.000 años, “un monumento de la época romana, pero un monumento vivo”.

También en las zonas serranas quedan restos espectaculares de los antiguos bosques almerienses, como el Carrascón de la Peana, una encina que crece a casi 1.500 metros de altitud, en el municipio de Serón. En su base alcanza un perímetro de 15 metros y se eleva hasta los 18 metros de altura, el equivalente a un edificio de seis plantas. “Este árbol”, detalla García Latorre, “ya aparece mencionado en un documento del siglo XVII, tiene una edad estimada de, al menos, 700 años, y posiblemente sea la encina más grande y vieja de Andalucía”.

Sobre una superficie de unos 28.000 kilómetros cuadrados, que cubre todo el sureste español, estos investigadores han examinado más de 3.000 topónimos que hacen referencia al medio natural y a la acción del hombre sobre el mismo. El alcornoque y la encina aparecen citados de forma muy abundante, circunstancia que “refleja la amplia distribución de estas especies, que iría desde las comarcas más montañosas y húmedas hasta las más áridas como el Cabo de Gata o el Campo de Cartagena”. Otros topónimos hacen referencia a los pinos, madroños, acebuches, lentiscos, coscojas, enebros y sabinas, especies, todas ellas, ya desaparecidas de estos territorios o con poblaciones que apenas son una reliquia de tiempos pasados.

El caballito de rayas

En lo que se refiere a la fauna de Almería, se han hallado nuevas evidencias sobre la presencia de osos, ciervos, nutrias y corzos en las sierras hasta periodos históricos recientes. “También”, precisa García Latorre, “hemos averiguado, por fin, qué era la encebra, un équido no doméstico sobre el que encontramos referencias documentales desde la Edad Media hasta el siglo XVI. Al parecer era una especie de caballito salvaje con rayas que después de haber vivido en gran parte de España se extinguió en Almería en la época de Cervantes que, de hecho, lo cita en El Quijote”.

Éstos son algunos de los aspectos más llamativos y curiosos del libro, pero, como advierten sus autores, “no constituyen su tema central”.

El medio natural, en sentido estricto, no existe, sino que, cuando contemplamos estos paisajes almerienses, estamos viendo el producto de la interacción, durante miles de años, de la naturaleza y de las distintas civilizaciones que la han poblado, “cada una de las cuales explotó, manejó y transformó su entorno de manera peculiar y específica, y el estudio de estas interacciones es el verdadero tema central de nuestra obra”.

Examinando el pasado se pueden revelar algunas buenas noticias que, incluso, podrían contradecir las tesis más o menos oficiales. Una de nuestras conclusiones, destaca Juan García Latorre, “es que el medio natural de Almería no está más degradado que el de Asturias o Irlanda y que, en contra de lo que se viene afirmando desde hace mucho tiempo, el desierto y la desertización no avanzan en esta provincia, sino que, en realidad, están retrocediendo”.


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Published in: on enero 26, 2008 at 11:11 am  Dejar un comentario  

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